Alguien me insinuó que si uno de estos animales te miran directamente a los ojos es porque es emisario de una mala noticia para ti. Así, que me encuentro ante un dilema, porque se trata de uno de mis seres favoritos. Me gusta su plumaje, tan brillante. Me encantaría acariciarlos, deben de ser tan suaves... Los observo en el cielo, en círculos, es más, en remolinos. Un huracán de negros cuervos aproximándose a mí. Vienen más y más, como si estuviesen convocados a una reunión secreta. Y cuando al fin aterrizan sobre la tierra, comienzan a hablar entre ellos, discuten, gritan. ¿Qué estarán tramando o a quién invocando? Es inevitable pensar en los aquelarres que celebraban las brujas con sus atuendos que la imaginería popular nos ha hecho llegar, todas vestidas del mismo oscuro color, sus sombreros acabados en punta, con sus escobas volando y volando. Y así, tengo que estar pendiente continuamente de esquivar sus miradas, no sea que vaya a ser cierto lo que me dijo alguien una vez, mientras tanto los espío disimuladamente disfrutar a su manera sobre la hierba seca, sobre los difuntos enterrados hace décadas y décadas, como un centenar de años. Encuentro uno muerto, éste no me puede mirar. Sí, lo acaricio. Aún es tan suave.
domingo, 20 de julio de 2008
EL CUERVO
Alguien me insinuó que si uno de estos animales te miran directamente a los ojos es porque es emisario de una mala noticia para ti. Así, que me encuentro ante un dilema, porque se trata de uno de mis seres favoritos. Me gusta su plumaje, tan brillante. Me encantaría acariciarlos, deben de ser tan suaves... Los observo en el cielo, en círculos, es más, en remolinos. Un huracán de negros cuervos aproximándose a mí. Vienen más y más, como si estuviesen convocados a una reunión secreta. Y cuando al fin aterrizan sobre la tierra, comienzan a hablar entre ellos, discuten, gritan. ¿Qué estarán tramando o a quién invocando? Es inevitable pensar en los aquelarres que celebraban las brujas con sus atuendos que la imaginería popular nos ha hecho llegar, todas vestidas del mismo oscuro color, sus sombreros acabados en punta, con sus escobas volando y volando. Y así, tengo que estar pendiente continuamente de esquivar sus miradas, no sea que vaya a ser cierto lo que me dijo alguien una vez, mientras tanto los espío disimuladamente disfrutar a su manera sobre la hierba seca, sobre los difuntos enterrados hace décadas y décadas, como un centenar de años. Encuentro uno muerto, éste no me puede mirar. Sí, lo acaricio. Aún es tan suave.
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