Esta mochila de excursionista me ha acompañado en incontables ocasiones. He subido cimas con ella tras mi espalda. He visitado ciudades algunas más aburridas y otras más interesantes. He recorrido países y atravesado mares siempre con ella como mi única acompañante. Pero su contenido es esta vez diferente, ya no transporta tiendas de campaña, ni sacos de dormir, ni fiambreras, ni siquiera una sola prenda de vestir.
Algunas piedras son grandes y otras más pequeñas. Diferentes colores, texturas, formas e incluso sabores. Acarreo con todas las que se cruzan en mi camino, definiéndome por aquellas que ejercen una atracción magnética hacia mí. Las introduzco en mi mochila, y cuando ésta ya está llena, en los bolsillos de mis pantalones y de mi abrigo de pana. Evidentemente, ahora me cuesta un poco caminar.
Un instante de reflexión: Me siento en un montículo cercano a la orilla del mar. Observo las conchas blancas que hay sobre la arena, vestigios de antigua vida marina. Miro hacia el horizonte en este hermoso anochecer. Dejo la mente en blanco. Respiro. Inspiro. Me incorporo. Me reafirmo en mis convicciones. Poco a poco voy sintiendo como el agua salada va impregnando mi piel. Cierro los ojos y camino hasta el final.

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